Italia: El compromiso con la paz que nace contemplando el rostro de un Niño
Italia: El
compromiso con la paz que nace contemplando el rostro de un Niño
La invitación del
Papa León: vencer la tentación de considerar la paz lejana e imposible, superar
la «lógica agresiva y contrapositiva» según la cual la paz se persigue con la
carrera al rearme.
“Nada tiene la
capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizá es precisamente el pensar
en nuestros hijos, en los niños y también en los que son frágiles como ellos,
lo que nos conmueve profundamente”. Son las palabras que el Papa León utilizó
en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. Dios, el Todopoderoso, al
hacerse hombre, acepta convertirse en un niño totalmente dependiente de los
cuidados de una madre y un padre, según la lógica de la pequeñez, y elige venir
al mundo en la pobreza de un establo y en el ocultamiento de una periferia del
Imperio Romano. “Es un Dios sin defensas, del que la humanidad puede
descubrirse amada solo cuidándolo”. Contemplar a ese Niño, protagonista de
nuestros belenes, no puede dejarnos indiferentes ante el drama de tantos niños
víctimas de la guerra, de aquellos fallecidos bajo las bombas en Ucrania; de
aquellos asesinados en Gaza, primero por la lluvia de misiles y hoy por el frío
debido a las dificultades para acceder a la ayuda humanitaria; de aquellos que
han muerto en los tantos conflictos olvidados en tantas otras partes del mundo.
La invitación que
el Sucesor de Pedro dirige a creyentes y no creyentes es a acoger y reconocer
la paz, venciendo la tentación de considerarla lejana e imposible. La paz y la
no violencia tienen para los cristianos una raíz profundamente evangélica en las
palabras y en la actitud de Jesús, que ordenó a Pedro, que quería defenderlo,
que volviera a envainar la espada. La paz que Cristo resucitado anuncia al
mundo es desarmada y desarmante, es una realidad que debemos custodiar y
cultivar en nuestro corazón, en nuestras relaciones, en nuestras familias, en
nuestras comunidades, en nuestros países. La historia nos enseña cuántas veces,
incluso como cristianos, lo hemos olvidado, convirtiéndonos en cómplices de
trágicas guerras y violencias.
Hoy, nos recuerda
León XIV, también nosotros corremos el riesgo de considerar la paz como un
ideal lejano, llegando a justificar que se haga la guerra para alcanzarla. En
el debate público y en los medios de comunicación parece prevalecer una lógica
agresiva y contradictoria según la cual se convierte en una culpa el hecho de
«no prepararse lo suficiente para la guerra». Es una lógica desestabilizadora y
peligrosísima que va mucho más allá del principio de legítima defensa y nos
lleva al abismo de un nuevo conflicto mundial con consecuencias imprevisibles y
devastadoras.
“Hoy más que
nunca - escribe el Papa - es necesario
mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y
generativa”. En lugar de seguir recorriendo el camino del aumento constante del
gasto en armamento, que ha alcanzado el 2,5 % del PIB mundial, en lugar de
invertir miles de millones en instrumentos de muerte y destrucción destinados
—lo hemos visto— a arrasar escuelas y hospitales, en lugar de hacer creer que
nuestra seguridad consiste en el rearme y la disuasión, es necesario tener el
valor de la paz. Es necesario reactivar la vía de la diplomacia, la
negociación, la mediación y el derecho internacional, reforzando también las
instituciones internacionales.
No dejemos que la
voz del Papa León sea una voz que grita en el desierto, no dejemos solo al
Obispo de Roma, creamos en sus palabras y miremos a la historia para comprender
cuánto realismo hay en sus intervenciones, como lo había en las de sus
predecesores, con demasiada frecuencia ignorados. Estamos llamados a «motivar y
sostener toda iniciativa espiritual, cultural y política que mantenga viva la
esperanza, contrarrestando la difusión de actitudes fatalistas, como si las
dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de
estructuras independientes de la voluntad humana». La paz es posible y la loca
carrera al rearme no es el camino para defenderla. Para los cristianos, la paz
tiene el rostro indefenso del Niño Dios, frágil como cualquier niño: dejémonos
traspasar el corazón por ese rostro y por el anuncio de paz que resonó la noche
de la primera Navidad.

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